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Purificación Álamo, de la ciudad española de Valladolid, aún no lo puede creer. Recorre el Santo Sepulcro en Jerusalén, en medio de la multitud que celebra Semana Santa, y recuerda cuánto soñó con este momento.
 (La tradición de los "qawas" data de la era otomana; son los encargados de abrir la procesión)
"Estoy emocionadísima, ilusionadísima", dice sonriente, reiterando superlativos. "Siempre soñé con venir, pero creía que era un sueño inalcanzable".
Ella y cientos de fieles cristianos que vienen de todos los confines del planeta convergen estos días en la Ciudad Vieja de Jerusalén, celebrando la semana en la que los cristianos recuerdan la muerte y resurrección de Jesús.
Los servicios religiosos especiales comenzaron el sábado de la quinta semana de Cuaresma, con una procesión solemne, y luego vendrá la celebración, en el Santo Sepulcro, de la Vigilia del domingo.
Domingo de Ramos
 (Jerusalem es punto de encuentro para diversas vertientes religiosas)
Pero indudablemente, el punto inicial y especialmente emotivo para todos, fue el Domingo de Ramos.
Encabezada por el Patriarca Latino de Jerusalén, monseñor Michel Sabbah -jefe de la Iglesia Católica en Tierra Santa-, una procesión recorre este santuario, con la participación de peregrinos de todos los continentes.
Cada uno habla su idioma, pero en los días sagrados se comunican sin necesidad de traducción.
Los Qawas, figura que data de la época del Imperio Otomano, son los guardias que abren camino a la procesión.
Con su traje azul de ornamentos dorados y el gorro colorado, golpean el suelo con sus bastones para indicar al público, con estruendosos y claros golpes, que hay que abrir el paso.
"Aquí empezó todo"
Mientras los católicos llevan a cabo su servicio frente al sitio que se considera la propia tumba de Jesús, a un costado, a viva voz, los coptos de Egipto realizan el suyo, con rezos de tono típicamente oriental.
Están encabezados por el propio jefe de su Iglesia, Baba Abraham.
A pocos metros de distancia, los armenios cuidan su zona -son varias las divisiones de jurisdicción dentro de los santuarios cristianos- y Samuel, un monje llegado hace siete meses de Armenia, explica: "No todos logran venir a Jerusalén; yo soy un privilegiado".
En la otra punta del Santo Sepulcro, Arsenius, monje ortodoxo griego destaca: "Todos tienen que poder orar en paz, tanto nosotros como los católicos" y sostiene que el mensaje, especialmente en Semana Santa, debe ser "de amor".
Hace siete meses que llegó y afirma que "sólo Dios sabe hasta cuándo estoy".
Observa a los peregrinos desde una especie de galería, junto al sitio del Gólgota -el área, según la tradición, de la Crucifixión- y resume: "Aquí empezó todo".
Peregrinaje
Así parece sentirlo también José Luis Hidalgo Ruiz, español, con quien conversamos junto a la Piedra de la Unción, el sitio en el que fue colocado el cuerpo de Jesús al bajarlo de la cruz.
"Está mi hijo consagrando ahí con el obispo, un dominico español", cuenta orgulloso. "Y yo aquí he venido porque era una gran ilusión".
A nuestro interlocutor se le empieza a quebrar la voz: "Yo tuve un tumor en la garganta, estuve muy mal, pero ahora me he recuperado. Y mi hijo me dijo que mejor, antes de alguna crisis, venga a Jerusalén. Así que ahora, si me muero, me muero orgulloso".
Sara y María Ángeles, dos jóvenes peregrinas, cuentan que hasta recoger un ramo para la procesión del domingo les resultó emocionante.
"Esto significa que salimos al encuentro de Jesús", dice una de ellas.
Primera vez
 (El monje ortodoxo Arsenius llegó hace 7 meses a Tierra Santa)
Grace, de Ecuador, cuenta: "Ésta es la primera vez que Dios me bendice para llegar a Tierra Santa". Dice que por estos días siente "el espíritu más fervoroso que tiene todo cristiano, de ser peregrino del Señor y de tratar de enmendar todos nuestros pecados".
Familias enteras, vestidas con sus mejores prendas, se hacen presentes en el Santo Sepulcro.
Los niños llevan ramos de flores. Un pequeñito, de no más de dos años, va vestido de ángel, todo de blanco, hasta con alas.
Y en medio de todo, partícipe y observador al mismo tiempo, está el padre Enrique, llegado hace 30 años de España. Tres décadas que no le significaron que vea en esto una mera rutina.
"Aquí se emociona uno siempre. Todos nos alegramos en estas fiestas e intentamos de alguna manera transmitir los sentimientos de Cristo al hombre, que tanto los necesita: sentimientos de paz, concordia y amor".
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