Sen Escrito en 23-08-2006, 18:01 Responder
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¿Se acuerda del balero? ¿O de las muñecas de porcelana? Y si es más joven, ¿recuerda los autitos de colección o los juegos de cocina en miniatura?

Más allá de la evocación y la nostalgia, en el Museo de la Ciudad de Buenos Aires creen que los juguetes no sólo hablan de cómo ha cambiado la forma de divertirse de los niños argentinos.



Sostienen, además, que esos entrañables objetos reflejan las transformaciones sociales y económicas del país, entre ellas las crisis y los altos índices de delincuencia.

La colección de juguetes del museo, que abarca los siglos XIX y XX, acaba de ser ampliada y con ello se ha profundizado el conocimiento sobre la realidad argentina.

"Antes cada casa tenía su patio y éste era el lugar de juego, al igual que el barrio. Esto se ha perdido por la inseguridad, el aumento del tránsito y porque las viviendas se han reducido", le dice a BBC Mundo Lucila Araujo, la encargada de guiar a los visitantes por el Museo de la Ciudad.



"Tres son multitud"

Allí hay, asimismo, juegos de mesa como "El Estanciero" (la versión local del "Monopoly", el "Cerebro Mágico" (un tablero con una lamparita que se enciende si uno conecta, por medio de cables, una pregunta con una respuesta correcta) y cubos-rompecabezas con seis motivos (es decir, reutilizables).

Muebles, máquinas de coser, hornos y vajilla en miniatura representan a los juegos compartidos, y no faltan los triciclos de ruedas grandes, que se usaban hasta avanzada edad, además de los caballitos de madera que solían verse en antiguas fotografías de niños.



"Antes una familia de cinco a diez hijos era lo más común en Argentina, y todos los hermanos se tenían que divertir juntos", explica Araujo. "Actualmente tres niños se consideran una multitud, debido al ritmo de vida y a los problemas económicos, y el juego se ha vuelto más individual".

En la colección del museo se ven desde piezas de materiales costosos como la porcelana y la pasta, pertenecientes a épocas de bonanza, hasta ejemplares de lata o trapo reciclados, que fueron fabricados en tiempos de crisis.

Según Araujo, la exhibición también refleja cómo han cambiado las edades de juego de los porteños: antes un mismo juguete se usaba hasta bien entrada la adolescencia; ahora hay una oferta para cada franja de edad y la durabilidad es menor. Esto, claro, también se relaciona con cambios en el mercado.

"Los juguetes que había antes en Argentina eran más sólidos, lo acompañaban a uno toda la vida, mientras que los actuales son de menor calidad y más baratos. Entonces los chicos tienen muchos, y al tener muchos se saturan y se deshacen de ellos rápidamente", afirma José María Peña, creador del Museo de la Ciudad.

Del balero a los videojuegos

BBC Mundo dialogó con niños de una escuela primaria de Buenos Aires mientras visitaban la muestra, para ver su reacción ante los viejos juguetes.

Participe: ¿usted se acuerda de los juguetes de su infancia?

"No conocía ninguno de los que hay acá", confiesa Lucas. "Yo lo único que tengo es un videojuego. Vos sos un tipo que rompe todo y tiene que ir matando a otra banda".

"Yo también juego mucho con la computadora, una hora de día y otra de noche", añade su compañero Lautaro.

Lo llamativo es que, al recorrer el museo, la mayoría de los pequeños se sentían especialmente atraídos por el balero y tuvieron la oportunidad de probar suerte con uno.

Se trata de un juguete popular en América Latina. Para quienes no lo conocen, consiste en una esfera de madera con un orificio, atada con una cuerda a un palito. La misión es, sujetando el palito con la mano, lanzar la bocha para tratar de acertarle al hueco.

"Yo ya había visto el balero, porque mi tía Irma tiene uno y un día lo trajo a mi casa", dice Abril orgullosa.

Y Lautaro, el mismo que se entretiene "mucho" con la computadora, la interrumpe: "A mí me gusta el balero porque es lindo y tranquilo".

Regreso a la infancia

Mientras provoca curiosidad y entusiasmo entre los niños de hoy, la colección de juguetes arranca lágrimas en los pequeños de ayer.

Un hombre cincuentón cuenta que, de pequeño, siempre quiso tener una máquina a vapor en miniatura que solía admirar en la vidriera de una juguetería porteña y que jamás le compraron. Y cuando la encontró en una vitrina del museo, no pudo contener la avalancha de recuerdos y se emocionó.

A la vez, las donaciones tienen muchas historias detrás. En la muestra hay, por ejemplo, un oso sin una oreja que un día provocó la queja de un visitante por un supuesto "descuido" de los restauradores. Pero arreglarlo habría privado al muñeco de su esencia: el hombre que lo dejó había dormido con él hasta desmembrarlo.

Y dicen que, antes de emigrar a España a raíz de la crisis económica de 2001, un adulto donó su preciada colección de autitos y camioncitos, celosamente preservados en sus cajas originales, para que "una parte importante" de él se quedara en Argentina.

Pese a las diferencias, los juguetes viejos y actuales tienen cosas en común, asegura Eduardo Vázquez, director del Museo de la Ciudad.

"Lo que cambió es la manera de entretenerse, pero la intención es la misma: el juego sigue y seguirá siendo una de las primeras expresiones de la invención, sea cual fuere su forma".


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